Esta se publicó en Enero de 2004 en El Universo
‘Nigeria’ y el hambre en los rostros (I)
Nigeria es un sector del sur de Guayaquil, ubicado en la isla Trinitaria. Quizá no alcanza a ser un barrio. Es una zona áspera y violenta, habitada mayormente por negros, de ahí su nombre, que se lo tomó del país africano. Las cosas en el lugar son muy simples y claras. Es mejor que nadie se meta con nadie. Al que se mete ya le tocará su parte.
Lo primero es saber que a Nigeria no se puede entrar solo, hay que dejarse acompañar por gente afroecuatoriana conocida. Las caras de miradas difíciles, los gestos intranquilos, los puños apretados, todos alertas, eso es lo que hay. Ese aire como de desconfianza, temor y desconcierto que envuelve el lugar, tiene su razón. La violencia.
Carmita –así la llaman todos– Arboleda dice que hay que ir para adentro y después pasar en canoa por donde el estero ennegrecido discurre lento y sucio. Refiere que la vida también sigue luego de que se terminan el asfalto y el relleno, por entre puentes maltrechos, rotos y temblorosos que las manos de estos hombres de rostros duros y negros han construido. Afuera, más allá de la vía Perimetral, por donde pasan los carros, queda la ciudad. Guayaquil es la ciudad donde todo es posible. Solo el asombro es imposible. Ha desaparecido. Es una ciudad de extremos y casi surrealista donde todas las razas se encuentran, pero, donde algunos viven apartados. Y Nigeria es eso y mucho más. Para los que viven y sobreviven ahí, la isla del olvido. Así la llaman ellos.
Era la tarde del jueves 8 de enero y el cielo del sur de la ciudad estaba manchado de nubes blancas, sin asomo de lluvia. Carmita caminaba con decisión y saludando con ambas manos. La voz fuerte y ronca, profunda, imponente como toda ella, con su orgullosa negrura por delante. “La cosa es avanzar, aunque sea de a poquito, pero la cosa es avanzar”, advierte con la forma tan personal que tiene de expresarse. Mas, ¿qué es lo que se avanza? Mirando la desolación y el hambre en los rostros, la interrogación, las ansias de reclamo, el abandono de gente arrimada contra paredes de cañas, respirando un aire enrarecido y podrido que viene del lodo en donde antes habitó el estero y ahora domina la basura.
Así de pronto, de entre las ruinas de una casucha, surgió una hermosa mujer negra que parecía mirar hacia dentro de sí misma. Su actitud pasiva y de quietud es como un sello que todos llevan agarrado a la piel. Dentro de la miseria que se aprecia, cualquiera puede preguntarse, ¿cómo es posible tanta calma? Las respuestas no le alcanzan a Carmita. Ella conoce muy bien de lo que habla. Un lugar donde las disputas entre los vecinos se resuelven violentamente, donde no hay respeto por mujeres y niños. No es un sitio para vivir. Ella se fue a Leónidas Plaza y Domingo Savio y ahora mira su antigua casa desde lejos.
“La tuve que alquilar”, repite. “La violencia es lo que me hizo salir de aquí”.
Para ella muchos hermanos, como llama a los afroecuatorianos, se engañan entre sí. Algunos dirigentes, a los que les compran el lodo donde viven, se aprovechan de la necesidad. Parecen olvidar que todos han salido de la misma tierra, que tienen el mismo origen. Esmeraldas. Es buena suerte que casi todos los que viven en Nigeria sean negros, pero el quemeimportismo y la falta de conciencia por la vida tienen su respuesta en la falta de educación.
Es un lugar para sobrevivir, donde nada es seguro. El que trabaja come y el que no, se la tiene que rebuscar como pueda, incluso mirando la puerta del vecino. Como lo dice Carmita. “Esperando quien dejó la puerta mal parqueada”.
La marcha es por puentes enclenques. Mal clavados y madera vieja, podrida. Mangles hurtados al manglar y cañas traídas de otras tierras. Carmita parece flotar a cada paso, mientras la tarde se aleja perezosa hacia donde el estero se confunde de color: negruzco, verdoso, azulado.
A su encuentro vienen la basura, el ruido de alguna canción de salsa poderosa y el desencanto que siempre produce el dolor. Imposible no pensar en Henry Fiol y su son inmortal Ahora me da pena cuando dice: "donde perro como perro y por un peso te matan... El truquito, la maroma.. ¡Ay bendito!" Por momentos hay que caminar a cuatro patas, el miedo a caer y clavarse algún palo es superior a la vergüenza que produce la posición. Hay que ir hasta el final donde una canoa espera por $ 0,15 para los que se atreven por el estero. Carmita se marcha en la canoa, con su voz poderosa llama a la gente para que se acerque y comparta su historia, muchos vienen, otros se esconden vergonzosos, pero eso lo contaremos después.
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